Hace algunas semanas vivimos un efecto lunar que se le llamó Súper Luna, donde inevitablemente íbamos a ver la luna más grande y más cerca y que eso no se repetiría en muchos años más. Por lo menos yo no lo volveré a ver de nuevo , por lo menos en esta dimensión.

El día anterior a tal fenómeno , donde ya se veía enorme, me tocó ir a un colegio donde me tocaba en primera instancia me encontré con los alumnos de enseñanza media y en la noche con los padres.

En la primera reunión, con los adolescentes les pregunté si habían mirado la luna y no hubo nadie que me dijera que sí, eran alrededor de 800 jóvenes. No pude evitar mostrar mi impacto y la respuesta de ellos fue que algunos la habían visto por internet.

En la noche en la reunión de los padres, les pregunte lo mismo y respondieron lo mismo aludiendo estar muy ocupados para ver la súper luna con sus hijos o hijas.

Al mencionarles que éramos de una generación que creció conociendo “las tres Marías” o la “cruz del sur”, muchos de ellos no pudieron evitar emocionarse.

Evidentemente ya casi no miramos hacia el cielo y solo nuestra vista se vuelca hacia abajo con lo que llamé en la investigación del ” no quiero crecer”, el “síndrome de las cabezas gachas”. Estamos conectados y cada vez más desvinculados del universo. Entre los parlantes y los instrumentos de tecnología , hemos ido perdiendo la capacidad de hablar, de decir de frente lo que sentimos y de no mirar a los ojos y perder todo tipo de claves de reconocimiento del otro.

Ahora que ya viene el periodo para muchos de descanso, sería bueno practicar conscientemente mirar el cielo, y los ojos de los demás.

La tecnología es una herramienta maravillosa pero nos impide relacionarnos de una manera directa. Como decía un chico boliviano que participó en la investigación ” la tecnología acerca a los que están lejos pero aleja a los que están cerca”.

Intentemos dejarla, apagarla y veamos qué nos pasa, les aseguro que se van a sorprender de la dependencia que tenemos de ella y como cambian nuestros vínculos cuando nos comunicamos directamente.

Apaguemos celulares, no veamos tanta televisión o usemos la computadora y veremos hasta síntomas corporales que nos muestran nuestra dependencia a este circuito que parece tan eficiente pero al mismo tiempo tan alienante.