“No me gusta que me digan que parezco de menos de 53 años. Yo luché mucho para llegar a esta edad”, dice entre risas pero bastante en serio la psicóloga chilena Pilar Sordo en el estudio de TV de Infobae. Que le digan que parece más joven es, según ella, un insulto a todo el esfuerzo que le costó el camino recorrido hasta llegar hasta donde está hoy.

Sordo es una psicóloga con una destacada experiencia en el área de la psicología clínica. Desarrolla su actividad prestando asesorías y realizando charlas tanto en Chile como en el extranjero. En paralelo, es creadora y presidenta de la Fundación Cáncer Vida, que ayuda a enfermos y familiares que transitan por el camino de esa enfermedad. Sus libros recorrieron el mundo y fueron traducidos a varios idiomas. Por eso -y es entendible- prefiere decir su edad con orgullo. Es la evidencia más clara de sus años de éxito.

Llegó al país para presentar La libertad de ser quien soy (Planeta), un libro sobre “el largo camino de vencer culpas, miedos y mandatos que nos impiden vivir en equidad valorando las diferencias”. En diálogo con Infobae, la psicóloga indagó sobre el concepto de libertad, y los obstáculos que nos impiden alcanzarla.

-¿Por qué le costó tanto escribir este libro?

-Yo estaba pasando un muy mal momento. El 2017 y el 2018 fueron dos años muy duros emocionalmente para mí, muy dolorosos. No me había dado cuenta hasta que empecé a escribir, que yo estaba transitando por ese mismo camino, que tenía que ver con sacarse mandatos, culpas, miedos y un montón de otras cosas. Y eso hizo que fuera muy difícil porque estaba más desconcentrada. Había días en los que estaba muy triste. Me costaba sentarme a escribir, y escribir un libro requiere de mucha disciplina. Y yo tengo una metodología cuando me pongo a escribir un libro es de 9 a 13 y de 15 a 19. Esos son mis dos bloques, pero había días en los que de verdad energéticamente no me daba. Entonces lo escribía, después lo volvía a leer para retomar la escritura -a pesar de que soy bastante obsesiva y como que no me puedo ir a dormir sin haber escrito un capítulo, haber cerrado algo- y tenía que volver a hacerlo porque el tono emocional estaba como muy bajoneante, propio de mi tristeza. Entonces fue como de mucho retroceder y avanzar, que tenía que ver en el fondo con mi propio camino. Partió de ser una actualización de Viva la diferencia y después terminó siendo mucho más que eso, porque la gente necesitaba hablar de otras cosas.

-Habla de que Viva la diferencia (2005) fue quedando obsoleto, machista y reduccionista. ¿Cómo fue darse cuenta y de qué manera evitó esto en luz de las preocupaciones actuales entorno al rol de la mujer?

-No fue muy difícil darse cuenta, fue solo observar. Son tiempos distintos. No le quise poner ni juicio a esa observación. Viva la vida es el que más se ha vendido, sin dudas. El libro madre de los míos y que sigue siendo verdad, en el entendimiento de lo femenino y lo masculino, no de mujeres y hombres. Pero en esa época hasta esa diferenciación era rara. Hablar de género y de sexo era un enredo. Hoy está absolutamente clara esta diferenciación. Entonces fue muy agradable ver la evolución y ver cómo las respuestas de la gente de Viva la diferencia se focaliza más en un tipo de generación de hombres y mujeres, en otros empieza a mutar y a cambiar, hacia abajo especialmente, hacia la juventud. Y eso es lindo, porque es parte de lo que son mis caminatas. Por eso, como yo no me considero ni sabia ni luminaria ni nada en especial -yo soy muy trabajadora, eso sí- es súper bonito ver cómo uno va actualizando los estudios porque sino sería muy aburrido ver que todo está muy igual. Entonces hay otras miradas que a mí me parecen súper atractivas y me parece perfecto que así sea

-¿Qué es la libertad desde su punto de vista?

-La libertad en mi libro está asociada a la conciencia, al darme cuenta, al estar despierto, al abrir los ojos, los oídos y sobre todo el corazón para ser consciente de cada decisión que tomo, desde qué como, cómo pienso, con quién me junto, qué hago, con quién establezco mis vínculos. Porque lo que muestra el estudio es que cuánto más consciente soy, más libre soy para salirme de los mandatos, para, de alguna manera, vencer obstáculos, o salir de algunos miedos.

-¿Cuáles son los obstáculos que nos hacen perder la libertad, especialmente a las mujeres?

-Muchos. Yo creo que primero hay obstáculos culturales que tienen que ver con una cultura que enfoca todo hacia el sufrimiento, hacia el deber, hacia el rigor, hacia la autoexigencia, por eso creo que no sabemos descansar. Y ahí hay muchos mandatos del deber ser, en término de cómo debieras funcionar y lo poco que uno se puede escuchar en esa tarea.

Creo que en el caso puntual de las mujeres, esos mismos mandatos son mucho más severos. Incluso en términos de valores estéticos. Creo que lo otro son las culpas, que también las mujeres estamos más pesadas en la balanza, porque el modelo patriarcal nos hizo sentir culpables de todo lo que no tuviera que ver con lo afectivo. Eso no quiere decir que el modelo patriarcal no haya liquidado a los hombres también, porque yo creo que les destruyó la vida, en términos de quitarles la posibilidad de ser papás por siglos, de haberles abortado la expresión emocional, de haberlos hecho competitivos, en lo sexual y en lo productivo. Por lo tanto, creo que es un desafío para todos y todas.

Pero me parece que lo de la culpa y los miedos como que nos lo inyectaron más a nosotras para impedir conseguir metas porque era funcional al sistema. Si yo me sentía culpable me movía menos, entonces el hombre tenía más protagonismo y la mujer menos. Era para que el circuito patriarcal terminara funcionando. Por lo tanto creo que ahí hay un desafío grande. Y después creo que es un desafío social, que tiene que ver con desexualizar la relación hombre-mujer, los espacios en los que no hay consenso, y sólo mantener la sexualización o que me vean como mujer en los espacios en los que yo quiero que me vean como mujer. En los que no quiero que me vean como mujer y que me vean como persona, quiero que me vean como persona. Y esto generalmente tiene que ver con la calle, el subte, el colectivo, el trabajo y otros tantos.

Y lo otro que yo también creo que impide la libertad de esta conciencia es la poca y nula educación emocional que tenemos, este analfabetismo emocional de que uno no se puede reír fuerte porque es mala educación, de que llorar no se puede bajo ninguna circunstancia y que el miedo sigue siendo cobardía, de que sólo nos podemos enojar. Es importante poder tener conciencia de cómo estoy y cómo quiero estar y qué tengo que hacer para estar lo más plena posible.

-Hoy está este concepto de que las mujeres son más libres que hace 30 años atrás, pero a la vez vivimos en una época de hiperconexión constante que nos lleva a mostrarnos en las redes sociales como que somos perfectas y que nuestras vidas son perfectas. Entonces también me parece que en ese sentido hubo un retroceso.

-Absolutamente. Yo tengo una abuela que tiene 102 años, y tengo la sensación de que ella nunca se pensó a sí misma. Ella vivió. Sufrió, rió. Y no me atrevería a decir que ese acto de no pensarse le haya quitado libertad. Probablemente visto hoy por una feminista que ve la vida de mi abuela, diría “obvio que sí, que ella podría haber hecho tal y tal cosa”. Sí, pero eran otras épocas donde esos espacios no estaban. No sé si fue más o menos libre que yo. Lo que sí creo es que hoy en día nos estamos pensando más. Eso puede ser muy bueno si lo aprovecho en pos de llegar a profundidades de mi identidad, de mi conciencia como ser humano que me permita ser mejor persona y entregar mejores cosas al resto, pero también puede ser un tremendo problema pensarse tanto, porque al final uno pierde capacidad de disfrutar, sobreanalizas todo, te llenas de miedos, además, porque sobrepensar te deja paralizada o estancada en ese camino.

-Y esta cuestión del sobrepensamiento tiene que ver también con el enemigo interno que vos menciona en su libro. ¿Qué es el enemigo interno?

-Es el tema con el que uno trabaja toda su vida. Para algunas personas podrá ser el egoísmo, para otras la soberbia. Y hay enemigos que vienen como en “pack”, digamos. La soberbia, el egoísmo y el orgullo vienen a veces como un solo enemigo. La ansiedad, la angustia y a lo mejor la sobreexigencia vienen como en uno solo. Pero son el tema con el cual uno pelea, y hay gente que pelea toda la vida con su paciencia, con su timidez. Y es como un tema, porque en realidad si uno lo busca al enemigo al final uno tiene que tratar de hacerse amigo. Hay que reconocerlo, dejarlo salir a ratos, pero tener conciencia de que este enemigo existe. Es un tema que a la larga te acompaña toda la vida.

Uno de mis trabajos es acompañar a gente que se está muriendo. Y yo cada día me doy más cuenta de que nadie se va de aquí, de este plano, de esta dimensión, sin reconocer a ese enemigo interno, sin pelear hasta el último minuto con eso, como el orgullo que te impide irte, con la impaciencia o con la falta de capacidad de aceptación del otro. Cada uno sabrá cuál es su enemigo, pero creo que uno está obligado a tener que visualizarlo a lo largo de la vida, que nadie va a llamarlo enemigo interno, pero van a decir “yo soy ansiosa”, o “yo tengo mal genio”, o “me cuesta hablar en público”.

-¿Entonces a ese enemigo interno nunca se lo va a poder vencer?

-Yo creo que no se lo puede vencer nunca. Uno tiene que tener conciencia de que está, aceptarlo cuando se presenta, pero sobre todo saber o identificar cuáles son las situaciones que hacen que aparezca, porque lo puedes tener dormido por mucho tiempo, y de repente aparece una situación familiar o de trabajo que hace que se haga evidente en forma brutal, pero yo no creo que desaparezca. Creo que uno lo puede trabajar, disminuir a su más mínima expresión, o canalizar en forma positiva. Si yo soy ansiosa a lo mejor focalizo esa ansiedad en el deporte y me hace fantástico, pero si eso lo voy a canalizar hacia la comida claramente no va a ser ninguna ayuda. Yo creo que es muy importante canalizar lo beneficioso y al mismo tiempo tenerlo súper presente para saber cuándo podría aparecer y cuándo no.

-Y al final, ser más consciente, más libre -siempre tomando el concepto desde este lugar-, ¿nos lleva a ser más o menos felices?

-La conciencia trae mayor paz, y yo entiendo la felicidad como una decisión que tiene que ver con algo que tú tienes que trabajar todos los días y que tiene que ver con la paz, y la quietud y la armonía, donde yo puedo enfrentar todo el caos que el día me presenta desde un lugar de conciencia. Ser consciente de que qué voy a comer y qué me va a hacer bien comer, o cómo te relacionas con tus compañeros de trabajo, independientemente de que a lo mejor hayas pelado anoche con tu pareja y eso te hizo llegar tensa al lugar de trabajo. Creo que la conciencia da más felicidad, sin dudas. Pero felicidad en este concepto, no de estar contenta, porque creo que uno de los errores que hemos cometido con el concepto de felicidad es pensar que es sinónimo de la alegría. Yo puedo ser feliz y estar triste porque estoy pasando por un momento muy difícil, pero si estoy centrada en esa paz y la trabajo, y estoy consciente de mi respiración y tomo las decisiones pensando, desde cosas tan tontas como qué me pongo o cómo voy a enfrentar el día en una reunión, creo que sí, que da una sensación de absolutamente completamente distinta.

Por: Martina Putruele
Infobae