¿Cómo así que está mal reírnos fuerte, llorar en público o privado o confesar que estamos asustados porque pareceremos cobardes?”. Con esta pregunta que formula en tono directo, crítico y divertido, la psicóloga chilena Pilar Sordo busca que cualquier persona se observe, examine y despierte del letargo emocional para que aprenda a expresar lo que siente de forma más abierta, sana y sin miedos.

“Que tenga una visión menos anestesiada de la vida y se quite todas esas capas con las que parece que nada la emocionara”, prosigue en conversación telefónica desde Uruguay.

Precisamente a eso regresa a Colombia, a dictar su charla Educar para sentir, sentir para educar, inspirada en su libro del mismo nombre (de Editorial Planeta) y que es una invitación a desbloquearse emocionalmente y “a romper los mandatos que tenemos como esa cultura de sufrimiento que se dio mucho en América Latina, en la que nos enseñaron a suponer que la gente fuerte es la que aguanta y la que no dice lo que siente, cuando ya está comprobado que los índices de salud mejoran si uno expresa lo que le pasa”, agrega la psicóloga con 30 años de experiencia.

Con ella hablamos de las ‘habilidades blandas’, dos palabras con las que está en desacuerdo porque ratifican en el inconsciente que son algo sin consistencia y poco relevante, cuando en realidad son competencias personales o recursos emocionales que debemos aprender a desarrollar y gestionar para vivir mejor.

¿Qué la motivó a hacer una investigación sobre las emociones en América Latina?

Lo que pasa en el mundo laboral. Mi estudio parte de lo que cuentan personas que fueron despedidas de sus trabajos por razones emocionales. Ver cómo cada vez hay más gente bien capacitada y especializada en los trabajos, pero que la despiden porque no sabe trabajar en equipo y no tiene empatía, solidaridad, sensibilidad ni tolerancia a la frustración, que son puras características emocionales.

¿Por qué si el ser humano se ha perfeccionado profesionalmente, su parte emocional parece ir en contravía?

Tiene que ver con una historia que nos educó en una cultura del sufrimiento y nos enseñó a guardarnos todos nuestros dolores, a ser estoicos y a vivir en esa sensación de que todo hay que hacerlo bien, pero sacrificados, y que la vida es muy difícil y por eso hay que aguantarse y apretarse frente a las cosas que nos pasan. Esto es muy de la cultura judeo-cristiana, que en América Latina nos formó este culto al sufrimiento que nos moldea para que no podamos expresar lo que sentimos.

¿Cómo se pueden retirar esas corazas para sentir y expresarse con libertad?

Lo primero es tomar conciencia de los mandatos que rigen la vida de cada persona, si se guía por el miedo o por concepciones como que lo bueno dura poco, el esfuerzo es lo más importante, todo se debe hacer con sacrificio o tiene que costar mucho porque lo que fácil llega, fácil se va, etc. Se trata de hacer conciencia de todas aquellas frases erróneas que hemos aprendido y dirigen nuestra vida.

¿Y después de eso?

Después de que me concientizo tengo libertad para sentir y decir lo que me pasa. Me permito llorar, reír y tomar contacto conmigo mismo. Para eso es fundamental el silencio y aumentar la cantidad de preguntas que me hago cotidianamente y también es importante tener conciencia de la muerte, para entender que la vida es muy frágil y por eso no puedo perder la oportunidad de sentir hoy. Es volver a ciertas pautas de imperfección que tuvo nuestra educación y que, ahora, por tratar de optar por las vías ‘perfectas’, la persona se vuelve más insensible. La imperfección es lo que nos conecta con la emoción, no la perfección. Por eso es clave recuperarla.

¿Cómo educar para ser imperfectos si incluso llorar es sancionado socialmente?

Yo llevo 20 años estudiando el llanto en América Latina y eso que nos decían que ‘los hombres no lloran’ ya ni tiene importancia porque hoy nadie puede llorar. Ni hombres ni mujeres pueden hacerlo cuando el llanto, así como la risa, son una liberación de energía súper necesaria y una expresión de salud. Le hacen bien al espíritu, al alma, a la salud.

¿Se puede superar ese analfabetismo emocional a cualquier edad?

La gente cambia si quiere cambiar. Si a una persona le duele su forma de ser y que le quita libertad, puede cambiar. Pero me tiene que molestar a mí mi forma de ser, no al otro. Si me doy cuenta de que cómo soy y que eso me resta formas de disfrutar la vida o me impide estar en paz, cuando tomo conciencia de eso y busco ayuda, puedo cambiar.

Usted insiste en que en la adultez el ser humano se vuelve aburrido…

Sí, eso también hay que cambiarlo, suponer que ser adulto es muy aburrido y no puede permitirse expresiones emocionales porque equivale a ser inmaduro. Tiene que ver con asesinar a nuestros niños interiores, en el fondo, e impedirles que se expresen en el mundo del adulto.

¿El miedo se aprende?

Hay un miedo intrínsecamente humano y tiene que ver con la sobrevivencia. Si estoy cerca de un incendio, voy a correr para estar a salvo, pero ese miedo apunta a algo positivo, a que yo me salve. El resto de miedos que tenemos son culturales y tienen que ver con lo que nos transmitieron las generaciones anteriores, la Iglesia o la cultura, que nos impiden ser todo lo que queremos ser y la mayoría son frenos estúpidos, irracionales, que se aprenden en la casa e impiden avanzar.

Nos han enseñado que ‘la letra con sangre entra’, que para amar hay que sufrir, ¿por qué el dolor es visto como una forma válida de crecimiento personal?

Porque dentro del establecimiento judeo-cristiano, que fue el que nos colonizó y nos formó en el tema del sufrimiento, este se plantea como única forma de crecer. Todo se tiene que aprender a los pies de la cruz y, por lo tanto, todo lo que implique dolor y sufrimiento tiene valor y potencialidad. Eso nos ha llevado a idealizar el sufrimiento como única forma de crecimiento personal, además, porque estar bien o disfrutar da mucho miedo en nuestra cultura. Uno cree que si está muy bien después le pasará algo malo. Eso nos lo enseñaron también.

Pero las nuevas generaciones defienden el placer y vivir sin dramas. ¿Eso está bien?

No sé si es una postura buena, pero es una reacción a la generación de sus padres que vivieron con base en el deber, no disfrutaban nada y se exigían todo. En reacción a eso, a que no vieron contentos a sus propios padres, dicen que disfrutarán de la vida y que el placer es lo más importante. La mala noticia es que en algún momento se encontrarán con el deber, de todas maneras. Yo tengo 53 años y me reencontré con el placer después de muchos años de trabajo.

Hay un aumento de cursos, libros y posturas que defienden ser positivos para alcanzar la felicidad…

Ser extremadamente positivo es primo hermano de ser negador. Es bueno pensar en positivo y sentir que uno saldrá adelante de las situaciones, pero no puede llevarnos a negar cuando estamos cansados, tristes o con poca energía porque uno se enferma si se niega esas vulnerabilidades. El exceso de positivismo nunca es bueno porque impide el contacto consigo mismo y con las vulnerabilidades que tenemos todos los seres humanos.

Por: Flor Nadyne Millán Muñóz
Foto: Flora Entertainment

El Tiempo