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Captura de pantalla 2018-05-08 a las 10.15.29

Pilar Sordo: “La gente fuerte es la que dice ‘Te quiero’ sin pudor”

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Ni la lluvia ni la repentina caída de la temperatura impidió que muchísima gente se acercara expectante al auditorio de Grandes Libros, ubicado en el hall central de la Feria del Libro, para escuchar a la psicóloga y escritora chilena Pilar Sordo hablando de su nuevo ensayo, Educar para sentir, sentir para educar (Planeta). El encuentro se realizó momentos antes de la presentación “oficial” en sala José Hernández y estuvo guiado por Patricio Zunini.

Este nuevo trabajo de Sordo es el resultado de una larga investigación que le tomó más de cinco años y la llevó por toda América latina. La autora de ¡Viva la diferencia! y Bienvenido dolor profundiza aquí un análisis que ya ha abordado en ensayos anteriores: la necesidad de aprender a sostener una conexión con el mundo sentimental, que ha quedado subordinado -y hasta olvidado- respecto del racional.

Esta es una tarea que debe observarse desde los primeros años, tanto en casa como en la escuela: “Lo cognitivo por sí sólo no es educación de calidad”, dijo Sordo. “Para conectarse con las emociones, hoy requerimos más viajes al mundo interior y mejores testimonios para nuestros hijos”.

–El escritor Andrés Barba decía que en la escuela se sanciona a los chicos porque todavía no son los adultos que serán. ¿La escuela es un agente normalizador que “rompe” la infancia?

-Va más allá de la escuela. Cuando un bebé sale de la maternidad de un hospital con jeans y zapatillas, claramente le damos un mensaje de crecimiento que no corresponde. Lo mismo que cuando vestimos a las chiquititas o a los niñitos de cinco años como si fueran mujeres y varones grandes. Nosotros mismos, como mamás y papás, tenemos la contradicción de querer y no querer que crezcan rápido. En esa ambivalencia, muchas veces castramos lo que tiene que ver con la expresión de las emociones. En este estudio desarrollo cuatro: la rabia, la pena, el miedo y la alegría. En cada una tenemos distorsiones grandes. Por ejemplo, no puede ser posible que cada vez que alguien está por ponerse a llorar, lo primero que escuche sea “No llores”.

-¡Oh! Yo lo digo todo el tiempo.

-Llorar es un acto tremendamente necesario. Es una liberación de energía: si lloráramos más habría menos migraña, menos colon irritable, menos sobrepeso, menos dolores de espalda. Tampoco puede ser posible que si alguien se ríe fuerte sea catalogado de inmaduro, de irracional, de livianito, de superficial o poco inteligente. Lo mismo con el miedo. Es un tremendo error definir a la gente fuerte como personas invulnerables. La gente fuerte es la vulnerable, la que llora cuando tiene que llorar, la que ríe cuando tiene que reír, la que pide ayuda cuando la necesita, la que dice que tiene miedo. La que dice “Te quiero” sin pudor. Difícilmente esas personas vayan a desarrollar una depresión porque aprendieron a moverse con todo lo que la vida trae. Esto es equivalente a lo que pasa con los edificios y los terremotos: se caen los rígidos, los que nunca se van a caer son los que se mueven con la onda sísmica. Y eso mismo ocurre con las estructuras mentales. Esta investigación es una invitación a mirar nuestros propios mundos emocionales y a no anestesiar la vida.

–De alguna manera, lo que dice me hace pensar en cómo se sobrelleva la pérdida de una persona amada.

-Pero ahí tenemos errores culturales de años. “No puedes seguir llorando así porque él no descansa”, “Él no puede ascender”, “A él le gustaría verte contenta y no llorando”. Claro que le gustaría verme contenta, ¡pero cuando estaba conmigo! Ahora que está del otro lado debería entender que tengo pena y que soy una sobreviviente de ese duelo. No se le puede decir esa frase espantosa a quien ha perdido un hijo y que, además del dolor, tiene que bancarse la culpa de que el llanto altere el estado del alma del que ya no está. Cometemos el error de suponer que la gente que llora está mal y la que no llora está bien, cuando muchas veces es al revés. Ante una situación de dolor, hablar de lo que nos pasa es una alternativa maravillosa de aprendizaje.

-¿Y frente a los hijos?

-Hay padres que no quieren que los hijos los vean llorar y entonces les dicen que tienen alergia. Sólo excuso el que no nos vean llorar cuando hay temas de pareja, porque generaría conflictos de lealtades complicados. Pero ante cualquier otro dolor, mis hijos tienen que verme desangrada llorando porque si a los cinco días me ven riendo, pueden entender que las tristezas se pasan y que ellos también tienen permiso para hacerlo.

-¿Eso tiene que ver con el capítulo sobre la pérdida de las habilidades blandas?

-Hay un capítulo del libro que se llama “El fin de las habilidades blandas”, pero porque yo quiero terminar de llamarlas así, no porque se estén perdiendo. De hecho, les cambio el nombre por “competencias personales”, porque llamarlas blandas las coloca como secundarias a las técnicas. Y hoy a uno lo contratan por tener habilidades técnicas y lo despiden por no tener las blandas: te despiden por no tener la capacidad para formar un equipo de trabajo, por no tolerar frustraciones, por falta de empatía. Todas esas habilidades son emocionales. Otra vez vuelve a ser urgente el recuperar las emociones, porque está probado que la fuerza laboral competente no lo es por lo que se sabe sino por quién se es con lo que se sabe. Esta es la primera investigación en la que me introduzco en el mundo de lo laboral, fundamentalmente porque el proceso tenía que terminar ahí en la medida en que se probaba el jaque en el que quedaban los chicos que eran expertos en hablar en inglés, que sabían todas las fórmulas e incluso tenían algún máster, pero no tenían ni idea sobre cómo expresar sentimientos dentro de las organizaciones laborales.

–Luego de esta investigación, cambió su forma de interpretar el feminismo?

-No, yo creo que lo que está pasando es maravilloso. Era hora de que se empezaran a ver resultados. Y eso tiene que ver con el ponerse a hablar, con el #metoo y el #niunamenos y tantas otras cosas. Lo que sí me pasó con la investigación es que me hice más consciente del testimonio emocional que soy para mis dos hijos.

–Le iba a preguntar, justamente, si había cambiado su forma de ver la maternidad.

-No sé si la forma de ver la maternidad, creo que cambié la forma de verme a mí. Y de cómo yo, en ese tratar de ser consecuente con lo que las investigaciones me enseñan -como siempre digo, soy la primera alumna que abofetea el estudio y que la obliga a mover estructuras-, me ayudó a entender que era súper sano para mis hijos el que me mostrara más vulnerable con ellos. Ellos, de hecho, han notado un cambio después de la investigación.