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“Los padres de hoy le tienen terror a sus hijos”

Tres años le tomó a la afamada psicóloga, columnista de Somos y conferencista chilena Pilar Sordo escribir el libro No quiero crecer, publicado en el año 2009. En este, recomienda a los padres cómo educar a los hijos durante el paso de estos por la juventud, a la cual ha dividido en varias etapas entre los 9 y los 30 años. El éxito del libro y una permanente preocupación por el tema por parte de progenitores de aquí y allá la llevan a seguir charlando sobre este por todo el continente, en un ciclo de conferencias que arranca en Lima este 23 de noviembre.

¿Cómo surge la idea de hacer esta investigación, que luego deviene en el libro y la conferencia?
‘No quiero crecer’ y’no quiero ser adulto’ eran frases que me decían cientos de niños en América Latina cada vez que me juntaba con ellos. Entonces me pregunté: “¿Por qué no tienen ganas de crecer? ¿Por qué no quieren ser grandes?”.

Investigé y averigüé que era por el pésimo testimonio que estamos dando los adultos. Lo que ven es adultez poco contenta, poco agradecida, que no se ríe, que no canta, que solo dice ‘estoy cansado’. Lo que intento en la conferencia es explicar cuáles son las inconsistencias que cometemos los adultos que hacen que los hijos no tengan ganas de crecer.

La dificultad que tienen las personas para afrontar cada cambio en la juventud depende del carácter de uno, del contexto… pero, ¿existe alguna edad en la que todos pasemos realmente por problemas?
Sí, entre los 15 y los 18. Es el choque de la pubertad y la adolescencia, dos procesos distintos. Es una edad complicada, en la que todos experimentamos crisis en nuestra búsqueda de identidad, en tratar de definir qué personas vamos a construir.

¿La famosa impaciencia del adolescente sigue siendo igual que hace 50 años o se ha acentuado?
Hay menos paciencia por parte de los adolescentes. Los padres, además, se han educado en no educarla. Hay una tendencia tremenda de estar complaciendo a los hijos permanentemente, de no permitir que estén aburridos, y por eso hay que entretenerlos. Si no obtienen lo que quieren, se genera entonces una intolerancia tremenda…

¿Por qué quieren complacerlos todo el tiempo?
Porque les tienen miedo. Somos una generación que le tuvo miedo a nuestros papas y ahora le tiene terror a los hijos. Los padres hoy no quieren ser desagradables. Erróneamente entendieron a la educación como que tenían que ser amigos de sus hijos, lo cual es una obviedad porque la amistad viene gratis con el amor… Pero, por sobre eso, yo, madre, tengo que ser jodida. Yo no puedo ser grata. Tengo que ser desagradable para educar, para poner disciplina y para poder decir que no. Y ese es un costo que muchos padres hoy no quieren pagar, por eso satisfacen a sus hijos con cosas. Con eso los hacen cada vez menos tolerantes.

¿Y de dónde surge este miedo a los hijos?
De la idea de que ellos tengan lo que uno no tuvo, lo cual también es una irracionalidad porque, aunque yo no haga nada, ya mis hijos van a tener lo que no tuve, porque cuando nací no había televisión, por ejemplo. Objetivamente, van a tenerlo igual. Otra idea es: ‘que mis hijos no pasen lo que yo pasé’. Y resulta que lo que nosotros pasamos como generación no fue tan malo. Vivimos miles de cosas que en la sabiduría de la adultez uno termina por agradecer y, sin embargo, se pierde eso.

Por otro lado está cómo enfrentan ellos el miedo, la angustia. ¿De qué depende eso y cómo los padres pueden entrar a tallar favorablemente?
El miedo aumenta en la medida que no se entrene las habilidades de los hijos para enfrentar trabas. Tenemos una generación de niños que no sabe solucionar problemas porque los padres lo hacen por ellos. Las depresiones juveniles, de alguna manera, tienen que ver con eso. Hay que entrenarlos en solucionar conflictos desde losdos años.

En la conferencia profundizará también sobre los adultos jóvenes, los que tienen entre 24 y 30 años. En América Latina es bastante común que, si no se casan, muchos de estos se queden en casa de los padres de forma prolongada. ¿Por qué esto sigue ocurriendo en pleno siglo XXI?
Porque los padres no los sueltan. A los hijos les sirve quedarse porque tienen a la novia afuera, el dinero en el bolsillo y a la madre planchándoles las camisas. Tienen los beneficios de los casados y los privilegios de los solteros. Y desde ese estado de comodidad se comunican con el mundo. Hasta que ocurren dificultades reales con los padres, ellos no tienen la necesidad de salir.

¿Es una cuestión más práctica que afectiva?
Tiene que ver con el no quiero crecer, con un temor de soltarse y de hacerse por sí solos en la vida. Y esto, por ejemplo, tiene que ver con empezar a descubrir que existen los precios. Mientras viva con mis papas, yo puedo tener una referencia de cuánto cuestan las cosas, pero hasta que no voy yo y saco del supermercado, yo no sé cuánto vale. No hay conciencia de la responsabilidad de tener que limpiar un piso porque nunca lo limpiaste tú. Hay una cosa de hacerse cargo que, efectivamente, esta generación no quiere hacer porque le da susto.

¿Cómo deberían enfrentar esto los papas gallinas?
Siempre ha sido difícil, pero hay que hacer las cosas difíciles. Si yo se las facilito, el hijo va a querer seguir estando allí. Si yo le digo a mi hijo: recíbete de la universidad y luego yo te pago un MBA mientras trabajas y estudias, y el dinero del sueldo te lo guardas, estoy cometiendo un error. Si mi hijo quiere hacer un MBA, se lo tiene que financiar él y para eso está obligado a trabajar. Y al seguir trabajando, va a querer su independencia y eso va a hacer que se vaya. Es la ley de la vida.

¿Cree que hay una edad en la que el adulto joven deba salir de casa?
Creo que una vez que se tiene el título profesional y se comienza a trabajar es una buena edad. La otra posibilidad es que se case o tenga una convivencia estable con alguien. Uno sabe en la panza cuándo los hijos están preparados para irse. Si el padre se hace el estúpido por protección, miedo o lo que sea, es otra cosa, pero tiene que dejarlos ir.

¿Cuál debe ser la actitud que los padres siempre deben priorizar así el hijo tenga 9 o 30 años?
Siempre se debe mezclar la disciplina con la ternura. Mi papá tiene 70 años y yo 47. Si él me regaña, yo agacho la cabeza hasta el día de hoy y lo digo a mucha honra. Pero al mismo tiempo también sé que, como es mi mejor amigo, puedo contarle lo que sea. Esa mezcla de ser jodido e incondicionalmente afectuoso con los hijos es algo que uno no debería perder nunca en la vida.

Por: Gabriela Machuca Castillo
Revista Somos, Perú